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miércoles, 4 de junio de 2014

Lectura: " El verdadero valor del anillo"

EL VERDADERO VALOR DEL ANILLO

Un joven acudió a un sabio en busca de ayuda.

- Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar, maestro? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?

El maestro, sin mirarlo, le dijo:

- ¡Cuánto lo siento, muchacho; no puedo ayudarte!. Debo resolver primero mis propios problemas. Quizás después... Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.

- E... encantado, maestro -titubeó el joven- , pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas-.

- Bien -asintió el maestro-. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño de la mano izquierda, y
dándoselo al muchacho, agregó: toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo para pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Éstos lo miraban con algún interés hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban la espalda, y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, así que rechazó la oferta. Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado -más de cien personas- y abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó.

¡Cuánto hubiese deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro! Podría habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y su ayuda.

- Maestro, lo siento -dijo-, no es posible conseguir lo que me pediste.

Quizás pudiera conseguir 2 ó 3 monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.

- ¡Qué importante lo que dijiste, joven amigo! -contestó sonriente el maestro-. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que
quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.

El joven volvió a cabalgar. El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo:

- Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle
más que 58 monedas de oro por su anillo.

- ¿¿¿¿58 monedas???? -exclamó el joven-.

- Sí, -replicó el joyero-. Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé... Si la venta es urgente...

El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.

- Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo-. Tú eres como este anillo: una joya única y valiosa. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que
cualquiera descubra tu verdadero valor?

Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.

martes, 27 de mayo de 2014

LECTURAS

MADRE

Te digo, al llegar, madre,
que tú eres como el mar;
que aunque las olas
de tus años se cambien y te muden,
siempre es igual tu sitio,
al paso de mi alma.
No es preciso medida
ni cálculo para el conocimiento
de ese cielo de tu alma;
el color, hora eterna,
la luz de tu poniente,
te señalan ¡oh madre! entre las olas,
conocida y eterna en su mudanza.

Juan Ramón Jiménez

viernes, 16 de mayo de 2014

LECTURA: "Lamberto"

Lee el texto y responde a las preguntas de la ficha que se te ha proporcionado.

LAMBERTO

Lamberto tenía un hermano y una hermana mayores que él. Y, por supuesto, como todos los hermanos y hermanas mayores de sus amigos, eran insoportables. A veces se horrorizaba viendo a Lidia, y oyéndola. Estaba claro que todas las chicas eran tontas, pero de que su hermana se llevaba la palma no tenía la menor duda. ¡Y lo asombroso es que los chicos la encontraban guapa!
Lamberto se estremecía.

Lidia no hacía más que pensar en chicos, y en su atractivo personal. Se enamoraba apasionadamente cada dos por tres, y entonces era la representación de la duda. Se sentía gorda, con demasiada cadera, demasiado pecho, demasiados pies, demasiada nariz, demasiado... todo demasiado menos su cerebro, por supuesto, que para Lamberto no ofrecía mayor envergadura que el de un mosquito.

Su mayor esperanza pasaba por el hecho de que con dieciocho años, Lidia ya no tardaría mucho en casarse. Pero...¡si ya casi era una vieja! Eso acabaría con el problema.
Fede, un año mayor que Lidia, era distinto. Su hermano se las daba de atleta porque jugaba en un equipo de fútbol aficionado. Iba por la vida de “dandy” presumido, impecable, con su cabello cortito, su ropa moderna y sus opiniones llenas de sentencias.

Pretendía entender de todo y hablaba de cualquier tema con una seguridad tan pretenciosa que a Lamberto le encantaba imitarlo. La segunda mayor esperanza de su futuro consistía en que Fede ya no tardaría mucho en hacer el petate para irse a la mili y vestirse de quinto.

Pero mientras tanto, los días, las semanas, los meses, se hacían eternos y cada dos por tres, inexplicablemente, él metía la pata y se organizaban unos ciscos tremendos en casa. Tenía terminantemente prohibido entrar en las habitaciones de Lidia y Fede, y es que cuando lo hacía, aunque no tocase nada, aunque sólo metiese la cabeza para ver si ella había puesto “pósteres” nuevos o él tenía algún trasto curioso, siempre sucedía algo. Y se la cargaba con todo el equipo.
- ¿Ese disco? ¿Te refieres a ese disco? Pues... sí, recuerdo haberlo cogido, pero solo para ver cuál era... bueno, puede, solo puede, que también lo sacara de la funda. ¿Oírlo?

Bueno, puede, solo puede, que pusiera una canción, más que nada para ver si el
disco correspondía a la funda y que luego me equivocara... ¿Rayado? ¿Cómo
pude haberlo rayado? Bueno, puede, solo puede, que la aguja del tocadiscos se me cayera de la mano, pero... ¿Culpa mía? ¿Estás insinuando que yo...? ¿Pagarlo...? ¡Es fantástico, fantástico: yo únicamente quería ayudar!
- ¿Tu trofeo del torneo de verano? ¿Te refieres a esa copa que te dieron por jugar de reserva y encima quedar vuestro equipo en último lugar...? ¿Cogerla yo...? ¿Cómo, que hablo con sarcasmos? Bueno, puede, solo puede, que entrara para leer la plaquita, ¿es eso malo?

¿Caerse al suelo? ¡Ah, no! Yo la dejé en la mesa ¡Pues habrá habido un terremoto! A veces los hay y no nos damos cuenta... ¿Qué? ¿Mi paga semanal? ¡ No es justo, no lo es! ¿Por qué todo lo que sucede aquí debo hacerlo yo? ¡Qué ganas tengo de que Olvido eche a andar y nos repartamos las culpas!
Olvido era la última adquisición familiar. Contaba seis meses de edad.

Jordi Sierra i Fabra: ¡¡¡Lamberto!!! (Texto adaptado)